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lunes, 4 de junio de 2012
PREGUNTAS SOBRE LA FINANCIACIÓN DE LA IGLESIA
Para solidaridad, la Iglesia
10 preguntas con respuestas sobre la financiación y fiscalidad de la Iglesia
1.-¿El Estado financia a la Iglesia?
Para su sostenimiento, la Iglesia no recibe nada de los Presupuestos Generales del Estado. Los contribuyentes eligen libre y voluntariamente, cada año, poner la X en la Declaración de la Renta. Esto supone, aproximadamente, un 25% del total de la financiación de la Iglesia.
El artículo 16 de la Constitución Española de 1978 establece que los poderes públicos “man-tendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia católica y las demás confesio-nes”. Por otra parte, el Acuerdo sobre Asuntos Económicos entre la Santa Sede y el Estado Español, de enero de 1979, establece que “el Estado se compromete a colaborar con la Iglesia Católica en la consecución de su adecuado sostenimiento económico, con respeto absoluto del principio de libertad religiosa” (art II.1). Cooperación y colaboración no es financiación directa, ni subvención.
2.-¿La Iglesia ahorra dinero al Estado?
Es muy difícil conocer con exactitud la cantidad que la Iglesia le ahorra al Estado. Solo en el campo educativo, donde este cálculo es mucho más sencillo, podemos afirmar que, según datos del propio Ministerio de Educación, una plaza en un centro público tiene un coste anual de 3.518 euros. En un centro concertado, esa misma plaza cuesta al erario pública únicamente 1.841 euros. Únicamente por este concepto, y tomando como base los datos de gasto público del Ministerio de Educación en 2009, la Iglesia ahorra al Estado 4.399 millones de euros.
3.-¿El Patrimonio de la Iglesia es un tesoro económicamente rentable?
La Iglesia es depositaria de un importante patrimonio cultural que a lo largo de los siglos han si-do creados o recibidos por distintas instituciones de la Iglesia. Este patrimonio no se plantea como una riqueza en sí misma, ni supone un tesoro económico o fuente de negocio. Se ha planteado siempre como servicio a los demás, es un tesoro cultural para todos, pero en ningún caso un tesoro económicamente rentable. Más bien todo lo contrario.
4.-¿La Iglesia solo aporta un 2% del presupuesto de Cáritas?
Se confunde aquí la aportación de la Iglesia con la donación de la Conferencia Episcopal Es-pañola. En realidad, cuando se habla de ese 2% se trata de un donativo que se viene realizando desde la CEE en los últimos cuatro años. La cantidad se ha ido incrementando anualmente hasta situarse en el 2,17% actual. En 2011, se han donado 5 millones de euros. Y en estos cuatro años, se ha entregado un total de 13,8 millones de euros.
Además, cuando se habla de esa “escasa” aportación del 2% se toma como base el presu-puesto presentado por Cáritas Española y no se hace referencia alguna a las Cáritas diocesanas, una verdadera red que llega a todos por medio de las Cáritas parroquiales.
El 65% de los fondos de Cáritas proceden de donaciones privadas. La gran mayoría de esos fondos provienen de instituciones y de personas de la misma Iglesia.
5.-¿Cáritas no es la Iglesia?
Cáritas no solo pertenece a la Iglesia sino que es la misma Iglesia, en su estructura más funda-mental que es la parroquia. Los miles de voluntarios de la Iglesia, que realizan actividades sociales, no nacen por generación espontánea. Son miembros de la Iglesia que han recibido el anuncio de la Buena Noticia y viven y alimentan su fe en la comunidad eclesial. Esa experiencia es la que da razón de ser a toda su actividad.
6.-¿La Iglesia no paga el IBI?
Es falso. La Iglesia paga el IBI de todos los inmuebles que no estén exentos por ley.
7.-¿La Iglesia es la única que, en algunos casos, está exenta del pago del IBI?
También es falso. Tampoco lo pagan, entre otras, las Fundaciones, las Asociaciones de utilidad pública, las federaciones deportivas, los partidos políticos, los sindicatos, las iglesias evangélicas, las comunidades hebreas y musulmanes. En Madrid, por ejemplo, no pagan el IBI: el museo del Prado, la SGAE, el Hotel Ritz, el Palacio de Liria, etc.
Está regulado en la llamada Ley de mecenazgo (ley 49/2002)
Se trata de una medida de incentivo fiscal con la que el Estado reconoce las actividades de interés general que realizan muchas instituciones. Es lógico que el Estado promueva e incentive –también fiscalmente- a quienes trabajan a favor del bien común.
8.-¿La Iglesia no paga tasas municipales?
Sí las paga (basuras, vados de garajes, etc.). No hay ninguna exención prevista en la Ley sobre el pago de estas tasas.
9.-La Ley le da la razón a la Iglesia, pero en este momento tan duro de crisis, ¿no podría hacer un gesto ante la sociedad y renunciar voluntariamente a la exención del IBI?
La Iglesia hace gestos reales y diarios en favor de los que más lo necesitan. Muchos obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles laicos han hecho signos visibles, reduciéndose el suelo, y otros muchos lo han hecho y no lo han dicho.
10.-¿Y si hubiera un cambio en la legislación fiscal?
La Iglesia estará siempre a lo que dicte la Ley. Si hubiera un cambio en la legislación fiscal, es-taría a lo que dictara la norma, siempre con el límite de los beneficios previstos en los Acuerdos, que tendrán rango superior. La Iglesia va a seguir cumpliendo su misión con los medios de que dis-ponga. Lógicamente, si se dispusiera de menos recursos, las actividades podrían verse mermadas, pero con más o con menos medios, la Iglesia va a seguir haciendo mucho por tantos que todavía necesitan tanto.
Isidro Catela Marcos
Director de la Oficina de Información de la Conferencia Episcopal Española
Evangelio de hoy y comentario
Día litúrgico: Lunes IX del tiempo ordinario
Texto del
Evangelio (Mc 12,1-12): En
aquel tiempo, Jesús comenzó a hablarles en parábolas: «Un hombre plantó una
viña, la rodeó de una cerca, cavó un lagar y edificó una torre; la arrendó a
unos labradores, y se ausentó.
»Envió un siervo a los labradores a su debido tiempo para recibir de ellos una parte de los frutos de la viña. Ellos le agarraron, le golpearon y le despacharon con las manos vacías. De nuevo les envió a otro siervo; también a éste le descalabraron y le insultaron. Y envió a otro y a éste le mataron; y también a otros muchos, hiriendo a unos, matando a otros. Todavía le quedaba un hijo querido; les envió a éste, el último, diciendo: ‘A mi hijo le respetarán’. Pero aquellos labradores dijeron entre sí: ‘Éste es el heredero. Vamos, matémosle, y será nuestra la herencia’. Le agarraron, le mataron y le echaron fuera de la viña.
»Envió un siervo a los labradores a su debido tiempo para recibir de ellos una parte de los frutos de la viña. Ellos le agarraron, le golpearon y le despacharon con las manos vacías. De nuevo les envió a otro siervo; también a éste le descalabraron y le insultaron. Y envió a otro y a éste le mataron; y también a otros muchos, hiriendo a unos, matando a otros. Todavía le quedaba un hijo querido; les envió a éste, el último, diciendo: ‘A mi hijo le respetarán’. Pero aquellos labradores dijeron entre sí: ‘Éste es el heredero. Vamos, matémosle, y será nuestra la herencia’. Le agarraron, le mataron y le echaron fuera de la viña.
»¿Qué hará el dueño de la viña? Vendrá y dará muerte a
los labradores y entregará la viña a otros. ¿No habéis leído esta Escritura:
‘La piedra que los constructores desecharon, en piedra angular se ha convertido;
fue el Señor quien hizo esto y es maravilloso a nuestros ojos?’».
Trataban de detenerle —pero tuvieron miedo a la gente—
porque habían comprendido que la parábola la había dicho por ellos. Y
dejándole, se fueron.
Comentario:
«Envió
un siervo a los labradores a su debido tiempo para recibir de ellos una parte
de los frutos de la viña»
Hoy, el Señor nos
invita a pasear por su viña: «Un hombre plantó una viña (...) y la arrendó a
unos labradores». Todos somos arrendatarios de esa viña. La viña es nuestro
propio espíritu, la Iglesia y el mundo entero. Dios quiere frutos de nosotros.
Primero, nuestra santidad personal; luego, un constante apostolado entre
nuestros amigos, a quienes nuestro ejemplo y nuestra palabra les anime a
acercarse cada día más a Cristo; finalmente, el mundo, que se convertirá en un
mejor sitio para vivir, si santificamos nuestro trabajo profesional, nuestras
relaciones sociales y nuestro deber hacia el bien común.
¿Qué clase de arrendatarios
somos? ¿De los que trabajan duro, o de los que se irritan cuando el dueño envía
a sus siervos a cobrarnos el alquiler? Podemos oponernos a los que tienen la
responsabilidad de ayudarnos a proporcionar los frutos que Dios espera de
nosotros. Podemos poner objeciones a las enseñanzas de la Santa Madre Iglesia y
del Papa, los obispos, o quizás, más modestamente, de nuestros padres, nuestro
director espiritual, o de aquel buen amigo que está tratando de ayudarnos.
Podemos, incluso, volvernos agresivos, y tratar de herirles o, hasta “matarlos”
mediante nuestra crítica y comentarios negativos. Deberíamos examinarnos a
nosotros mismos acerca de los motivos reales de dicha postura. Quizás
necesitamos un conocimiento más profundo de nuestra fe; quizás debemos aprender
a conocernos mejor, a efectuar un mejor examen de conciencia, para poder
descubrir las razones por las que no queremos producir frutos.
Pidamos a María su
ayuda para que podamos trabajar con amor, bajo la guía del Papa. Todos podemos
ser “buenos pastores” y “pescadores” de hombres. «Entonces, vayamos y pidamos
al Señor que nos ayude a llevar fruto, un fruto que permanezca. Sólo así este
valle de lágrimas se transformará en jardín de Dios» (Benedicto XVI). Nosotros
podríamos acercar a Jesucristo nuestro espíritu, el de nuestros amigos, o el
del mundo entero, si tan sólo leyéramos y meditáramos las enseñanzas del Santo
Padre, y tratásemos de ponerlas en práctica.
domingo, 3 de junio de 2012
Evangelio de hoy y comentario
Día
litúrgico: La Santísima Trinidad (B)
Texto del
Evangelio (Mt 28,16-20): En
aquel tiempo, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les
había indicado. Y al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron. Jesús se
acercó a ellos y les habló así: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la
tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el
nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo
lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días
hasta el fin del mundo».
Comentario:
«Haced discípulos a
todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu
Santo»
Hoy, la liturgia nos invita a adorar a la Trinidad
Santísima, nuestro Dios, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Un solo Dios en
tres Personas, en el nombre del cual hemos sido bautizados. Por la gracia del
Bautismo estamos llamados a tener parte en la vida de la Santísima Trinidad
aquí abajo, en la oscuridad de la fe, y, después de la muerte, en la vida
eterna. Por el Sacramento del Bautismo hemos sido hechos partícipes de la vida
divina, llegando a ser hijos del Padre Dios, hermanos en Cristo y templos del
Espíritu Santo. En el Bautismo ha comenzado nuestra vida cristiana, recibiendo
la vocación a la santidad. El Bautismo nos hace pertenecer a Aquel que es por
excelencia el Santo, el «tres veces santo» (cf. Is 6,3).
El don de la santidad recibido en el Bautismo pide la
fidelidad a una tarea de conversión evangélica que ha de dirigir siempre toda
la vida de los hijos de Dios: «Ésta es la voluntad de Dios: vuestra
santificación» (1Tes 4,3). Es un compromiso que afecta a todos los bautizados.
«Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la
plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad» (Concilio Vaticano II,
Lumen gentium, n. 40).
Si nuestro Bautismo fue una verdadera entrada en la
santidad de Dios, no podemos contentarnos con una vida cristiana mediocre,
rutinaria y superficial. Estamos llamados a la perfección en el amor, ya que el
Bautismo nos ha introducido en la vida y en la intimidad del amor de Dios.
Con profundo agradecimiento por el designio benévolo de
nuestro Dios, que nos ha llamado a participar en su vida de amor, adorémosle y
alabémosle hoy y siempre. «Bendito sea Dios Padre, y su único Hijo, y el
Espíritu Santo, porque ha tenido misericordia de nosotros» (Antífona de entrada
de la misa).
sábado, 2 de junio de 2012
Evangelio de hoy y comentario
Día litúrgico: Sábado VIII del tiempo ordinario
Texto del Evangelio (Mc
11,27-33): En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos volvieron a Jerusalén y,
mientras paseaba por el Templo, se le acercan los sumos sacerdotes, los
escribas y los ancianos, y le decían: «¿Con qué autoridad haces esto?, o ¿quién
te ha dado tal autoridad para hacerlo?». Jesús les dijo: «Os voy a preguntar
una cosa. Respondedme y os diré con qué autoridad hago esto. El bautismo de
Juan, ¿era del cielo o de los hombres? Respondedme”. Ellos discurrían entre sí:
«Si decimos: ‘Del cielo’, dirá: ‘Entonces, ¿por qué no le creísteis?’. Pero,
¿vamos a decir: ‘De los hombres’?». Tenían miedo a la gente; pues todos tenían
a Juan por un verdadero profeta. Responden, pues, a Jesús: «No sabemos». Jesús
entonces les dice: «Tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto».
Comentario:
«¿Con qué autoridad
haces esto?»
Hoy, el Evangelio nos pide que pensemos con qué intención
vamos a ver a Jesús. Hay quien va sin fe, sin reconocer su autoridad: por eso,
«se le acercan los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, y le decían:
‘¿Con qué autoridad haces esto?, o ¿quién te ha dado tal autoridad para
hacerlo?’» (Mc 11,27-28).
Si no tratamos a Dios en la oración, no tendremos fe.
Pero, como dice san Gregorio Magno, «cuando insistimos en la oración con toda
vehemencia, Dios se detiene en nuestro corazón y recobramos la vista perdida».
Si tenemos buena disposición, aunque estemos en un error, viendo que la otra
persona tiene razón, acogeremos sus palabras. Si tenemos buena intención, aunque
arrastremos el peso del pecado, cuando hagamos oración Dios nos hará comprender
nuestra miseria, para que nos reconciliemos con Él, pidiendo perdón de todo
corazón y por medio del sacramento de la penitencia.
La fe y la oración van juntas. Nos dice san Agustín que,
«si la fe falta, la oración es inútil. Luego, cuando oremos, creamos y oremos
para que no falte la fe. La fe produce la oración, y la oración produce a su
vez la firmeza de la fe». Si tenemos buena intención, y acudimos a Jesús,
descubriremos quién es y entenderemos su palabra, cuando nos pregunte: «El
bautismo de Juan, ¿era del cielo o de los hombres?» (Mc 11,30). Por la fe,
sabemos que era del cielo, y que su autoridad le viene de su Padre, que es
Dios, y de Él mismo porque es la segunda Persona de la Santísima Trinidad.
Porque sabemos que Jesús es el único salvador del mundo, acudimos a su Madre que también es Madre nuestra, para que deseando acoger la palabra y la vida de Jesús, con buena intención y buena voluntad, tengamos la paz y la alegría de los hijos de Dios.
Porque sabemos que Jesús es el único salvador del mundo, acudimos a su Madre que también es Madre nuestra, para que deseando acoger la palabra y la vida de Jesús, con buena intención y buena voluntad, tengamos la paz y la alegría de los hijos de Dios.
viernes, 1 de junio de 2012
Evangelio de hoy y comentario
Día litúrgico: Viernes VIII del tiempo ordinario
Texto del
Evangelio (Mc 11,11-25): En
aquel tiempo, después de que la gente lo había aclamado, Jesús entró en
Jerusalén, en el Templo. Y después de observar todo a su alrededor, siendo ya
tarde, salió con los Doce para Betania.
Al día siguiente, saliendo ellos de
Betania, sintió hambre. Y viendo de lejos una higuera con hojas, fue a ver si
encontraba algo en ella; acercándose a ella, no encontró más que hojas; es que
no era tiempo de higos. Entonces le dijo: «¡Que nunca jamás coma nadie fruto de
ti!». Y sus discípulos oían esto.
Llegan a Jerusalén; y entrando en el
Templo, comenzó a echar fuera a los que vendían y a los que compraban en el
Templo; volcó las mesas de los cambistas y los puestos de los vendedores de
palomas y no permitía que nadie transportase cosas por el Templo. Y les enseñaba,
diciéndoles: «¿No está escrito: ‘Mi Casa será llamada Casa de oración para
todas las gentes?’.¡Pero vosotros la tenéis hecha una cueva de bandidos!». Se
enteraron de esto los sumos sacerdotes y los escribas y buscaban cómo podrían
matarle; porque le tenían miedo, pues toda la gente estaba asombrada de su
doctrina. Y al atardecer, salía fuera de la ciudad.
Al pasar muy de mañana, vieron la higuera,
que estaba seca hasta la raíz. Pedro, recordándolo, le dice: «¡Rabbí, mira!, la
higuera que maldijiste está seca». Jesús les respondió: «Tened fe en Dios. Yo
os aseguro que quien diga a este monte: ‘Quítate y arrójate al mar’ y no vacile
en su corazón sino que crea que va a suceder lo que dice, lo obtendrá. Por eso
os digo: todo cuanto pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido y lo
obtendréis. Y cuando os pongáis de pie para orar, perdonad, si tenéis algo
contra alguno, para que también vuestro Padre, que está en los cielos, os
perdone vuestras ofensas».
Comentario:
«Todo cuanto pidáis
en la oración, creed que ya lo habéis recibido»
Hoy,
fruto y petición son palabras clave en el Evangelio. El Señor se acerca a una
higuera y no encuentra allí frutos: sólo hojarasca, y reacciona maldiciéndola.
Según san Isidoro de Sevilla, “higo” y “fruto” tienen la misma raíz. Al día
siguiente, sorprendidos, los Apóstoles le dicen: «¡Rabbí, mira!, la higuera que
maldijiste está seca». En respuesta, Jesucristo les habla de fe y de oración:
«Tened fe en Dios».
Hay
gente que casi no reza, y, cuando lo hacen, es con vista a que Dios les
resuelva un problema tan complicado que ya no ven en él solución. Y lo
argumentan con las palabras de Jesús que acabamos de escuchar: «Todo cuanto
pidáis en la oración, creed que ya lo habéis recibido y lo obtendréis». Tienen
razón y es muy humano, comprensible y lícito que, ante los problemas que nos
superan, confiemos en Dios, en alguna fuerza superior a nosotros.
Pero
hay que añadir que toda oración es “inútil” («vuestro Padre sabe lo que
necesitáis antes de pedírselo»: Mt 6,8), en la medida en que no tiene una
utilidad práctica directa, como —por ejemplo— encender una luz. No recibimos
nada a cambio de rezar, porque todo lo que recibimos de Dios es gracia sobre
gracia.
Por
tanto, ¿no es necesario rezar? Al contrario: ya que ahora sabemos que no es
sino gracia, es entonces cuando la oración tiene más valor: porque es “inútil”
y es “gratuita”. Aun con todo, hay tres beneficios que nos da la oración de petición:
paz interior (encontrar al amigo Jesús y confiar en Dios relaja); reflexionar
sobre un problema, racionalizarlo, y saberlo plantear es ya tenerlo medio
solucionado; y, en tercer lugar, nos ayuda a discernir entre aquello que es
bueno y aquello que quizá por capricho queremos en nuestras intenciones de la
oración. Entonces, a posteriori, entendemos con los ojos de la fe lo que dice
Jesús: «Todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea
glorificado en el Hijo» (Jn 14,13).
jueves, 31 de mayo de 2012
Evangelio de hoy y comentario
Día litúrgico: 31 de Mayo: La Visitación de la
Virgen
Texto del Evangelio (Lc 1,39-56): En aquellos días, se levantó María
y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en
casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el
saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena del
Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: «Bendita tú entre las mujeres
y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga
a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el
niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le
fueron dichas de parte del Señor!».
Y dijo María: «Engrandece mi alma al Señor y mi
espíritu se alegra en Dios mi salvador porque ha puesto los ojos en la humildad
de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán
bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su
nombre y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le
temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su
propio corazón. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes.
A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada. Acogió a
Israel, su siervo, acordándose de la misericordia -como había anunciado a
nuestros padres- en favor de Abraham y de su linaje por los siglos». María
permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa.
Comentario:
«Saltó de gozo el niño
en mi seno»
Hoy contemplamos el hecho de la Visitación de la
Virgen María a su prima Isabel. Tan pronto como le ha sido comunicado que ha
sido escogida por Dios Padre para ser la Madre del Hijo de Dios y que su prima
Isabel ha recibido también el don de la maternidad, marcha decididamente hacia
la montaña para felicitar a su prima, para compartir con ella el gozo de haber
sido agraciadas con el don de la maternidad y para servirla.
El saludo de la Madre de Dios provoca que el niño, que
Isabel lleva en su seno, salte de entusiasmo dentro de las entrañas de su
madre. La Madre de Dios, que lleva a Jesús en su seno, es causa de alegría. La
maternidad es un don de Dios que genera alegría. Las familias se alegran cuando
hay un anuncio de una nueva vida. El nacimiento de Cristo produce ciertamente
«una gran alegría» (Lc 2,10).
A pesar de todo, hoy día, la maternidad no es valorada
debidamente. Frecuentemente se le anteponen otros intereses superficiales, que
son manifestación de comodidad y de egoísmo. Las posibles renuncias que comporta
el amor paternal y maternal, asustan a muchos matrimonios que, quizá por los
medios que han recibido de Dios, debieran ser más generosos y decir “sí” más
responsablemente a nuevas vidas. Muchas familias dejan de ser “santuarios de la
vida”. El Papa Juan Pablo II constata que la anticoncepción y el aborto «tienen
sus raíces en una mentalidad hedonista e irresponsable respecto a la sexualidad
y presuponen un concepto egoísta de la libertad, que ve en la procreación un
obstáculo al desarrollo de la propia personalidad».
Isabel, durante cinco meses, no salía de casa, y
pensaba: «Esto es lo que ha hecho por mí el Señor». Y María decía: «Engrandece
mi alma al Señor (...) porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava».
La Virgen María e Isabel valoran y agradecen la obra de Dios en ellas: ¡la
maternidad! Es necesario que los católicos reencuentren el significado de la
vida como un don sagrado de Dios a los seres humanos.
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